Javier Abad Molina es artista comunitario, Doctor en Bellas Artes (UCM) y profesor acreditado de Educación Artística en la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid. Comparte proyectos con Teacher’s for Future sobre arte relacional con contextos educativos y en espacios de naturaleza. En nuestra sección de Conversatorio este se presenta escrito y con imágenes; un nosotros en el paisaje desde la mirada de nuestro invitado.
Javier nos plantea la naturaleza como un lugar vivido y compartido, donde el arte se convierte en experiencia comunitaria. A través de acciones efímeras como el Land Art y los mandalas colectivos, propone una educación sensible que conecta identidad, comunidad y territorio. Es decir, otorgar sentido a la metáfora del encuentro en el «nosotros».

El entorno natural como “lugar de pertenencia y ámbito de relación”
Pensamos y expresamos el entorno natural como la totalidad de valores sensibles de nuestro marco vital, es decir, un sistema o yuxtaposición de percepciones sensoriales y cualidades (colores, olores, sonidos, tactos, formas, etc.) mediante las cuales el espacio es habitado, diferenciado y significado como lugar afectivo para quien lo habita, y también lo comparte, como un íntimo acontecimiento que es físico, psíquico y emocional a la vez.
Por todo ello, la voluntad y necesidad de encuentro en, con y desde el entorno natural, no solo propone establecer relaciones topológicas sino sensibles para crear sentido de pertenencia (presencia y permanencia) con el lugar. La lugaridad, por tanto, alude a la dimensión relacional que posibilita que un espacio que es abstracto, físico o funcional, se convierta en lugar vivido, sentido y recordado para alguien en la relación con otros. La pertenencia se construye, pues, en la consciencia de formar parte de un todo que es la naturaleza, pero no como un agente externo que la observa, usa o gestiona, sino en la convivencia continuada y situada que integra la experiencia ética, estética, lúdica, relacional, cultural, corporal y simbólica para transformar y también ser transformada. Javier nos plantea la naturaleza como un lugar vivido y compartido, donde el arte se convierte en experiencia comunitaria. A través de acciones efímeras como el Land Art y los mandalas colectivos, propone una educación sensible que conecta identidad, comunidad y territorio.
En definitiva, no pertenezco al lugar al poseerlo, sino cuando me integro y reconozco en él. Y él me reconoce a mí también pues el entorno natural me atraviesa y me nombra en la conexión existente entre identidad y territorio, que no es lo otro sino el nosotros.
El arte en y con la naturaleza desde lo originario, efímero y transitorio.
Ser habitantes (y no visitantes) en el entorno natural, propone una relación respetuosa que no se basa en “intervenciones” sino en acciones, aunque la diferencia sea sutil y no solo del orden semántico que entraña su concepción pedagógica, pues implica un posicionamiento poético y político acerca de todo lo que acontece en el espacio natural y el orden ecosistémico del que, ya sabemos, somos agentes activos de cambio y transformación, así como contemplación y resignificación en su experiencia profunda.
Esa vocación, respetuosa y agradecida, forma parte inherente de una filosofía educativa (por tanto, de vida) que propone el relato implícito de la naturaleza como algo esencial. Somos invitados a conocer, interpretar y transmitir al alumnado de los diferentes niveles educativos la idea de origen que se refiere a todo aquello que nos arraiga a nuestro principio biológico y se vincula con el propio bienestar como prolongación del paisaje y continuidad de los ritmos de la naturaleza. Así, transitar y habitar genera vínculos con el entorno en la integración y adaptación conotros que son también mi propia naturaleza.
La idea de la transitoriedad se concreta en acciones mínimas y efímeras, al igual que realizan los artistas Land Art, para constatar la belleza de la desaparición. Sus obras son metáforas frágiles que se encarnan en los ritmos naturales y el contacto primigenio con la materia a la que no añaden colores extra pues no necesitan de mediaciones técnicas. La adaptación a los procesos de la naturaleza es una manera de desposesión consciente como regreso al origen y restauración espontánea de la entropía ecológica.
Así, las acciones de borrado, diseminación y desaparición no suprimen la huella de la acción humana, sino que la diluye en una indiferenciación entre su intencionalidad y el sentido de la obra “a imagen y semejanza” de la madre-tierra mediante la recolección, el ordenamiento, la demarcación, la deriva, etc. El espacio natural se convierte, de esta manera, en ámbito de creación y contemplación para apreciar el suave movimiento y levedad del paso del tiempo que sucede con la acción del viento, la luz, el agua o el fuego para rescatar la poética del entorno con el lenguaje de las flores, hojas, piedras o hielo.
Estas acciones, apenas gestos, se configuran con líneas, espirales o formas circulares construidas con diferentes objetos naturales que denominamos mandalas. El círculo representa simbólicamente el “yo”, pero en la suma y acogida de las subjetividades, también significa la inclusión, la convocatoria y la integración del colectivo que comparte actitudes sensibles para fomentar el diálogo y la participación. El círculo (el espacio-nido) significa el bienestar, recogimiento, refugio, protección y cuidado en un espacio hueco (no vacío), que contiene, alberga y materna el encuentro e invitación a Ser juntos.


Profesor y documentador: Javier Abad.
En resumen, el entorno natural favorece una intensa experiencia sensorial y psíquica para conectar con aquellos procesos simbólicos que nos constituyen como humanidad. El registro de lo transitorio y lo permanente, lo que cambia y lo invariable, lo que fluye o resulta inmóvil son sutiles metáforas del mundo que se ubican provisionalmente en una escenografía cambiante y que precisan ser recogidas desde la práctica documental (fotografía o vídeo). Una manera de preservar los procesos del acontecimiento iniciado por el ser humano en una íntima colaboración con todos los elementos de la naturaleza.

El mandala colectivo es expresión y representación de la comunidad
Un mandala es la representación del espacio y el tiempo efímero a través de un círculo o geometría. Así, son figuras que ya existen en la naturaleza y son adaptadas por su gran belleza y simbología. En su origen, eran símbolos mágicos, mediación del pensamiento para la meditación que se han usado desde la antigüedad como ritual de concentración y desposesión. Muchas personas realizan mandalas con fines terapéuticos que permiten recobrar el equilibrio, la armonía y el conocimiento interior para el autodescubrimiento.
En el contexto educativo se proponen al alumnado como una invitación a la espera, al ensimismamiento, la observación y la calma cuando se realizan individuamente o de manera colaborativa. Expresan así la adhesión a una conciencia colectiva que representa la alteridad compartida (el quién somos-yo) a través de la construcción de un símbolo.
Así, la realización de un mandala en el entorno natural conecta con nuestro origen que es dejar huellas de la presencia en el territorio como expresión y visibilidad de nuestras capacidades de transformación y de creación. Así, no solo se desarrolla la apreciación estética sino también la conciencia ética que respeta los valores del patrimonio común.
La construcción colectiva de un mandala, por tanto, pretende establecer un diálogo con la naturaleza a través de una acción efímera que siempre permanece en la memoria como proyecto compartido y la representación del “nosotros” intersubjetivo que se manifiesta en la vida de relación que nos convoca desde la inclusión y la integración.
Para ello, se eligen los objetos naturales atendiendo al contraste y complementariedad del color, el claro y oscuro, el largo y corto, pequeño y grande, suave y rugoso, redondo y plano o pesado y ligero. Todas estas cualidades de los materiales son las “palabras” para organizar un “texto” con sentido que será el resultado final del círculo o mandala. También la construcción de un espacio-nido es un ritual deseante que evoca la matriz protectora y simboliza el cuidado mutuo y las esperanzas compartidas por la comunidad.
Una vez finalizada la obra, es importante la contemplación y la conversación en el grupo para compartir el significado de lo realizado con la amable e intensa colaboración de todas y todos. Como ya se ha comentado anteriormente, es aconsejable documentar el proceso y realizar imágenes secuenciadas del mandala o el “espacio-nido” antes de su desaparición y recogida como manera de generar un testimonio o evidencia del suceso.

Y más allá de la experimentación, la exploración o el desarrollo sensorial, el entorno natural ofrece la posibilidad de compartir una experiencia relacional que favorece la creación de un vínculo estable en el colectivo participante. Es decir, más importante aún que la realización del mandala colectivo, es el proceso de construcción en el que resulta esencial la comunicación, el intercambio y la conversación para consensuar o decidir o la forma simbólica y organización armónica de los diferentes objetos naturales.
También es importante la reflexión que suscita la acción transformadora en el ambiente del grupo y toma de conciencia situada en un espacio-tiempo concreto con el valor de la vivencia acompañada. El resultado no se puede trasladar y solo tiene sentido en el propio lugar en el que se ha generado, de manera colaborativa, un instante de memoria.



En el proceso de realización de este proyecto, las niñas y niños escriben un deseo, ya sea escrito o dibujado, en un trozo de papel. Sobre esta base, se echan semillas de alpiste y abono para que las peticiones germinan, florecen y se cumplan en la lenta espera hasta el final de curso. Así, cada niña y cada niño ofrece su deseo y se “siembra” en la espiral. La mayoría lee en voz alta antes de dejarlo en el surco y explican el sentido de su ofrenda. La “espiral de los deseos” va creciendo desde el origen gracias a las aportaciones de toda la comunidad educativa. Situar los “deseos” es un acontecimiento que transforma la rutina en ritual con intención simbólica para crear la experiencia sensible pues la acción queda vinculada a su sentido. Y se concreta una imagen simbólica, en la continuidad del relato, para su extensión y recorrido de la espiral como metáfora de vida y crecimiento.
Resumen de los valores educativos y artísticos del entorno natural:
. El sistema educativo suele valorar lo permanente, productivo y medible. La vivencia en la naturaleza es interferencia que sostiene y otorga sentido a la creatividad relacional.
. El entorno natural, más que un recurso, es un lugar simbólico de intersubjetividad.
. La realización compartida de un mandala ofrece una propuesta socioeducativa valiosa en diferentes contextos escolares para desarrollar proyectos artísticos y comunitarios.
. La vivencia e invitación a compartir la experiencia emerge desde el propio proceso.
. Un mandala es la representación del yo-nosotros, por tanto, requiere de la presencia y la conciencia del “aquí y el ahora” para un aprendizaje significativo por impregnación.
. La conciencia de formar parte de un “todo” fomenta las actitudes y valores sensibles.
. La naturaleza es una metáfora de vida en sus dimensiones simbólicas y relacionales.
. Valor de la experiencia estética sensible encarnada en el conocimiento corporeizado.
. El reconocimiento y visibilidad del sentido de pertenencia a la comunidad para crear memoria colectiva y rescatar así el significado del cuidado mutuo, la sutileza y el candor.

Comparte proyectos de arte relacional con contextos educativos
y en espacios de naturaleza.
Javier Abad (2026) jaabad@ucm.es javierabadmolina@gmail.com
Imagen y palabra se entrelazan aquí como un conversatorio vivo en nuestra bitácora de Teacher’s For Future. Un relato que siembra preguntas o quizá nos inspire a regresar a la naturaleza para reencontrarnos, también, con quienes somos. Y recuerda que si tienes experiencias relacionadas con el tema y quieres compartirlas con nosotros, sólo cuéntanos.
