Artículo de Miriam C. Leirós en El Asombrario
Durante la reciente celebración de la Cumbre Mundial de Gobiernos celebrada en Dubái y en la que participaron una treintena de jefes de Estado y de Gobierno, el presidente Pedro Sánchez anunció la limitación de acceso a las redes sociales a menores de 16 años. Desde su perfil de X, el presidente del Gobierno difundía un vídeo en el que declaraba: «Las redes sociales, por desgracia, se han convertido en una suerte de salvaje Oeste, de Estado fallido», ya que hay aplicaciones que «dan refugio a actividades criminales, de pornografía, de violencia». Esta declaración puede parecer bien o mal, pero se basa en datos, y por lo tanto es certera.
Las redes sociales dan acceso a contenido de todo tipo, sin filtro, y efectivamente la infancia, de todas las edades, está teniendo acceso indiscriminado a todo este contenido que muchas veces es tóxico para sus mentes y, muchas otras, emplean sus datos de acceso o el contenido que los propios usuarios suben a redes para generar imágenes o informaciones falsas y que son usadas sin que la persona usuaria sepa a donde ha ido a parar su imagen.
The New York Times y el Centro para Contrarrestar el Odio Digital (CCDH, por sus siglas en inglés) han publicado informes que constatan que Grok creó 3 millones de imágenes sexualizadas en X en 11 días; desde finales del año pasado, los usuarios de esta plataforma inundaron la cuenta del chatbot de X con solicitudes para alterar fotos reales de hombres, mujeres y niños para quitarles la ropa, ponerles bikinis y mostrarles en posiciones sexuales.
Un niño o niña, o adolescente, no se detiene a ver las condiciones de aceptación de cookies, que incluyen en la mayoría de las redes sociales la posibilidad de ceder datos a terceros (a otras empresas, por ejemplo). Tampoco son conscientes de la «huella digital», esa impronta que dejamos en internet y que resulta casi imposible borrar. Esta huella digital de la infancia es incluso generada, a veces, por las propias familias publicando fotos o vídeos de menores. Ese contenido quedará para la posteridad y desconocemos dónde acabarán. Si los adultos desconocemos conceptos como «huella digital» o «netiqueta» (el buen uso y educación en ambiente digital) y de forma inconsciente podemos poner peligro a la infancia, ¿cuánto no lo harán usuarios y usuarias no formados y con una mente todavía en construcción?
Las reacciones al anuncio de Pedro Sánchez no se hicieron esperar. Elon Musk acusó, a través de un post en su red social X, a Pedro Sánchez de ser «un tirano» y «un traidor». Por su parte, Pável Dúrov, dueño de Telegram, cargó contra el presidente español en un mensaje masivo a todos los usuarios de España en el que le acusaba de atentar contra la libertad: «Estas medidas pueden convertir a España en un Estado vigilado bajo el pretexto de la protección». Evidentemente, estamos ante dos multimillonarios a los que no les interesan normas de protección ni para la infancia ni para la sociedad, porque trafican con nuestros datos y sus algoritmos pueden influir en nuestra opinión, incluso aunque sea contraria a nuestros intereses, incentivar la xenofobia, los discursos de odio o llevarnos a comprar cualquier objeto innecesario porque sus algoritmos nos bombardean con anuncios que persiguen convencernos.
Para proteger a la población de los abusos, en este caso digitales, hacen falta dos herramientas fundamentales. Por una parte, la educación, y para ello existe un marco referencia clave para la ciudadanía recientemente actualizado y que la Comisión Europea, a través del Joint Research Centre (JRC), ha publicado, el DigComp 3.0 y que en su nueva versión pone el enfoque en derechos digitales y bienestar, alineado con la Declaración Europea de Derechos y Principios Digitales. Por otra parte, necesitamos regulación, normativa, el discurso de limitar la libertad está agotado. La libertad como derecho no puede confundirse con el concepto que políticos y magnates nos quieren transmitir y que es algo así como una barra libre individual, cortoplacista y sin altura de miras.
Esta libertad que mencionan los dueños de multinacionales tecnológicas sería la que permitiría a cualquier persona, es decir a niños y niñas, acceder a pornografía, sectas, zonas de juego, etc. Asimismo, sería legítimo subir a redes una foto de nuestros niños o niñas, desnudarlos y modificar su imagen hasta transformarla en una aberración sexual; es la libertad que permitiría mostrar a mujeres desnudas sin poder controlar su imagen. El Centro para Contrarrestar el Odio Digital (CCDH) ha detectado imágenes que representaban sanitarias con fluidos entre las piernas abiertas o envueltas solo en hilo dental o cinta adhesiva transparente. ¿Queremos una libertad que vaya por encima de nuestros derechos? ¿Una libertad que pisotee la infancia hasta la depravación? Frente a esta manipulación de imágenes, están surgiendo iniciativas de denuncia, Verifica de RTVE ha puesto en marcha una guía de ayuda: Pasos que debes seguir si eres víctima de un ‘deepfake’.
La tecnología es una herramienta maravillosa, como muchas otras herramientas manuales o analógicas; el peligro no está en la herramienta en sí, sino en su utilización, a veces haciendo un mal uso de forma inconsciente o por desconocimiento. Por ello necesitamos regulación, para asegurar la protección, especialmente de las personas más vulnerables, la infancia. Un cuchillo bien afilado es una herramienta fundamental en la cocina, pero nadie, en su sano juicio, dejaría a un niño de 4 años jugar a solas con él.
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