Caminar para mirar, crear y sentir. Una experiencia de arte caminado en Asturias

Hay encuentros que nos recuerdan por qué hacemos lo que hacemos. El taller de arte caminado que compartimos en el congreso de Asturias, de la mano de Teachers for Future, fue uno de esos momentos.

Nos reunimos con una intención sencilla, aunque llena de posibilidades: salir a caminar, detenernos, observar y dejarnos sorprender por aquello que el paisaje quisiera mostrarnos. No íbamos en busca de grandes obras ni de resultados extraordinarios. Queríamos recuperar algo que a veces olvidamos en nuestra vida cotidiana y, especialmente, en la escuela: el tiempo para mirar. O quizás perder el tiempo para ganarlo. De hecho, detrás de esa expresión hay una reflexión pedagógica muy importante: ¿qué ocurre cuando dejamos de organizar cada minuto de la infancia? Tonucci ha reivindicado el derecho de los niños a jugar, explorar, aburrirse, investigar y disponer de tiempo propio. Ha señalado que los adultos hemos ido ocupando progresivamente el tiempo infantil con actividades organizadas, deberes y propuestas dirigidas. No significa ausencia de intención educativa ni falta de planificación. Significa aceptar que hay aprendizajes que necesitan tiempo, disponibilidad y libertad. Aún hay más, y ¿si sacamos la escuela fuera del aula?

Caminar es mucho más que desplazarse de un lugar a otro. Cuando caminamos con atención, el paisaje deja de ser un fondo y comienza a hablarnos. Una textura, una forma, una hoja, una sombra, una línea que aparece en el suelo o un pequeño cambio en el entorno pueden convertirse en el comienzo de una experiencia creativa. Lo que habitualmente pasa desapercibido adquiere otra presencia. La mirada se detiene, la curiosidad despierta y el camino se transforma en un espacio de descubrimiento.

Durante el taller, las personas participantes se implicaron con una disposición especialmente generosa. Fue emocionante compartir ese tiempo con personas comprometidas, abiertas a experimentar y dispuestas a mirar desde otros lugares. Cada cual aportó su sensibilidad, sus preguntas y su manera particular de relacionarse con el entorno. O con la información general sobre plantas medicinales en nuestro caso. Poco a poco, el recorrido se convirtió en una experiencia compartida, donde observar, imaginar, crear y conversar formaban parte de un mismo proceso.

El arte caminado nos invita precisamente a eso: a comprender que la creación no siempre comienza con un papel, un lápiz o un pincel. A veces comienza con una pregunta, con un poema, con una sensación o con el encuentro inesperado con algo que siempre estuvo ahí y que, sin embargo, nunca habíamos mirado de esa manera. El propio caminar puede ser una práctica artística; el cuerpo, una herramienta de percepción; y el territorio, un espacio de posibilidades expresivas.

Pero caminar también nos enseña a relacionarnos de otra manera con los lugares que habitamos. Nos invita a escuchar antes de intervenir, a reconocer que no todo lo que encontramos está a nuestra disposición y que, en ocasiones, la mejor creación consiste precisamente en no alterar nada. El paisaje no necesita convertirse en un objeto de nuestra actividad: podemos acercarnos a él desde el respeto, la contemplación y el cuidado.

Esta manera de entender el arte tiene mucho que ver con la educación que queremos construir. Una escuela capaz de salir al encuentro del mundo, de reconocer que el currículo no termina en las paredes del aula y que las ciencias, las artes, la lengua o las matemáticas también encuentran su lugar en un paseo. Una escuela que ofrece a la infancia oportunidades para explorar, hacerse preguntas, desarrollar sensibilidad y construir vínculos con su entorno. Pero sobretodo, la idea de pertenecer a una comunidad o de relacionarse con la naturaleza como base importante de conexión con otros y con uno mismo.

Me gusta pensar que, durante aquel taller, no solo compartimos una propuesta artística, sino también una manera de estar en el mundo. Caminamos para mirar con más atención, para descubrir otras posibilidades y para recordar que el aprendizaje puede surgir de los encuentros más sencillos.

Regresamos con imágenes, ideas y experiencias, pero también con algo menos tangible: la sensación de haber compartido un tiempo valioso. Porque cuando caminamos juntos, cada persona aporta una mirada distinta y el paisaje se multiplica. Gracias por vuestras participaciones.

Gracias a Teachers for Future por abrir este espacio de encuentro y a todas las personas que participaron con tanta ilusión y compromiso. Me quedo con la emoción de haber caminado, creado y pensado en compañía. Gracias al enclave maravillosos del Jardín Botánico Atlántico de Gijón.

Quizá de eso se trate, al fin y al cabo: de aprender a mirar de nuevo, de caminar sin tener todas las respuestas y de mantener viva la capacidad de asombro.

Porque a veces basta con cambiar el ritmo de nuestros pasos para que nuestro planeta nos vuelva a sorprender.

En el corazón del laberinto, los caminos se bifurcan como pensamientos y la luz juega al escondite entre muros de hojas y silencio.
Camino sin saber adónde, como quien busca una palabra que quizá sólo exista al otro lado del sueño.

Bajo el almez conocimos el idioma del viento. Ha visto pasar los siglos sin levantar la voz, guardando en sus raíces la memoria de la tierra.
No necesita explicar el mundo: basta su sombra, la paciencia de sus ramas, el silencio verde de sus hojas para comprender que la sabiduría es aprender a permanecer mientras todo cambia.

Al final del recorrido el arce abre sus manos rojas y el viento lanza la señal: ¡que vuelen las semillas, que empiece el juego, que el otoño nos invite a soñar!

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Janet Val Tribouillier

Maestra, a veces poeta y otras nube, Entre el arte y lo verde, mi corazón camina fino. Estoy donde la imaginación crece, sembrando esperanzas.

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