Hay proyectos que no se explican solo con palabras: se escuchan como el agua, se reconocen en su ritmo, en su pausa, en su manera de atravesar los cuerpos y las miradas.
Así volvió a suceder con Sentir el Agua, presentado en la Universidad Autónoma de Madrid durante la Semana Internacional de la Educación Artística. La exposición volvió a abrir un espacio donde el arte no se contempla únicamente, sino que se habita; donde la educación no se reduce a transmisión de conocimientos, sino que se convierte en experiencia sensible; donde el agua deja de ser concepto para convertirse en presencia.
Quienes recorrieron la muestra caminaron entre postales, fanzines y acciones poéticas como quien avanza por la orilla de un río. Cada obra parecía contener una pregunta en suspensión: qué es el agua cuando la miramos de verdad, qué nos cuenta cuando la escuchamos sin prisa, qué nos revela cuando la dejamos ser materia viva en lugar de recurso.
Un proyecto que nace de la escucha
Desde una mirada transversal entre psicología, educación infantil, arte contemporáneo y ecopedagogía, el proyecto propone una experiencia de aprendizaje donde el agua se convierte en hilo conductor de la emoción, la creación y la conciencia ambiental.
El agua no solo se estudia: se siente, se imagina, se escucha. Y en ese gesto se abre una forma distinta de aprender.
Un cauce que crece: escuelas, territorios y voces
En esta edición, la exposición creció cómo crecen los ríos cuando encuentran nuevos afluentes. A la experiencia se sumaron múltiples centros educativos y comunidades que aportaron sus miradas, ampliando el paisaje sensible del proyecto.
Entre ellos, la Escuela Comunitaria Las Cañadas (Huatusco, Veracruz, México), guiada por Jessica Rocha Nieves, que llevó la experiencia a otro continente; el Colegio El Ardal (Madrid), guiado por la propia Janet Val Tribouillier; el Colegio Jabalcón (Baza, Granada), en una co-acción colectiva junto a Héctor Ibarra y Úrsula Tutosaus; la Escola Frederic Mistral – Tècnic Eulàlia (Barcelona), guiada por Isabel Moreno Garcés; el CEIP Pedro Martínez Chacas (Barqueros, Murcia), guiado por Mari Paz Aledo Ruiz; el Taller Espacio Creativo Totana (Murcia), con Virginia Martínez; la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Murcia, a través del Taller de Creación e Investigación Artística dirigido por Úrsula Tutosaus; la Fundación Somos Naturaleza (Montilla, Córdoba), guiada por Elena Mancera; y la Facultad de Educación de Segovia (Universidad de Valladolid), guiada por Carmen Gómez Redondo. El Colegio Reggio de Madrid participa en el proyecto, impulsado desde el área de inglés y con la implicación de su comunidad educativa.
Cada uno de estos contextos aportó una forma distinta de mirar el agua, como si cada escuela fuera un pequeño afluente que, al encontrarse con los demás, ensancha el sentido del proyecto.
El agua como lenguaje común
Las obras reunidas, fanzines, arte postal son relatos visuales y acciones simbólicas que no sólo representan el agua: la invocan.
El agua aparece como memoria, como emoción, como ciclo, como fragilidad. A veces es calma; otras, es advertencia. Pero siempre es vínculo.
Educación, arte y ecología: un mismo río
En un contexto marcado por la crisis climática, Sentir el Agua propone una pedagogía del cuidado. Una educación que no separa razón y emoción, ni conocimiento y experiencia.
Desde Eisner hasta Freire, desde la ecopedagogía de Gutiérrez y Prado hasta las miradas de Capra o Bateson, el proyecto se inscribe en una comprensión del aprendizaje como sistema vivo: interdependiente, sensible y en constante transformación.
El arte, en este marco, no es un adorno curricular, sino una forma de pensamiento. Una manera de acceder a lo complejo desde la sensibilidad. Una forma de ensayar futuros posibles.
Una exposición que deja huella
En la Universidad Autónoma de Madrid, la exposición reunió más de cuatrocientas obras creadas por niños, niñas, jóvenes, docentes, artistas y comunidades educativas de distintos territorios.
La experiencia se amplió además con espacios de encuentro y diálogo, donde el arte, la educación y la ecología se entrelazaron como lenguajes inseparables.
Al finalizar el recorrido, algo permanece. No tanto una idea cerrada, sino una sensación: la de haber estado cerca de algo esencial.
Quizá la conciencia de que el agua sigue en nosotros. Quizá la certeza de que el cuidado también se aprende. Quizá la intuición de que toda educación verdaderamente significativa comienza en la atención.
Quizás el agua no termine en la exposición. Continúa. Nos recuerda nuestra humanidad. El agua habita los ríos y los océanos, pero también nuestros cuerpos y memorias. Somos criaturas de agua antes incluso de tener palabras. Quizá por eso, cuando observamos una corriente, escuchamos la lluvia o contemplamos el reflejo de una superficie tranquila, reconocemos algo familiar: la misma materia que nos compone, la misma capacidad de fluir, cambiar y adaptarnos. Sentir el agua es recordar que no estamos separados de la naturaleza; somos naturaleza tomando conciencia de sí misma. Gracias EDART por recordarnos que somos humanos y tenerlo en cuenta desde la educación artística. Programa EDART.
«Sentir el agua, es también escuchamos también el latido profundo de lo que significa ser humanos.»
En tiempos de crisis climática, el aprendizaje necesita volverse experiencia, ritmo, tacto y escucha. Gracias infinitas a Fundación Paisaje y Olote Creación Colectiva por vuestra labor como todos los colaboradores de este proyecto.






